Rouch y Morin quieren hacernos reflexionar sobre
nuestras vidas citadinas, rápidas, centradas en sobrevivir, en las que, quizás
como Marilou, perdemos, quizás de manera “sana” y no visiblemente perturbada,
la conciencia de nosotros mismos, siendo el cinema-verité la forma en que
volvemos a tomar contacto con nosotros mismos al vernos desnudados por nuestra
propia rutina, esta vez frente a un ojo mayor, el de la cámara. Así, se nos
pide reflexionar sobre los temas de la vida contemporánea en la ciudad: el
panoptismo foucaultiano en la fábrica donde trabajan millones de Angelos, la
soledad que trastorna a millones de Marilous, el ghetto en el que vivieron y
viven millones de Marcelines y Laundrys, la gasificación de las relaciones
sentimentales y familiares en la que viven millones de Marcelines y Jean
Pierres, la gran interrogante ante sobre si vivir una vida normal, regida por el
sistema capitalista de horarios y oficinas o fábricas, que rechazaron millones
parejas como la de los artistas, o por la que optaron millones de parejas como
la de la familia obrera/oficinista, o millones de Angelos.
El colectivismo versus el individualismo de las sociedades africanas y
europeas en el diálogo durante el almuerzo grupal al aire libre. La mirada
existencialista ante el estrés, la depresión, la pérdida de sentido ante la
despersonalización del sistema fordista, de la producción en serie, del vivir
para trabajar. El ghetto nazi, el ghetto africano. Es por ellos que quizás este
film es uno de los precursores (sino el principal) de la idea de que “la
definición del cine etnográfico como un género documental que pretende traducir
una cultura a otra cae por su propio peso y surge la idea de encuentro
cultural, de diáologo de mestizaje fílmico”, según leemos en el texto de
Elisenda Ardevol, “La búsqueda de otra mirada”.
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