En segundo lugar, Angelo, un adulto joven. En algún momento se nos hace
ver que no es parisino, y que acudió a París, como muchos, a buscar trabajo y
fortuna. Vemos cómo lo despierta su mujer en la mañana, con dos series de besos
en ambos cachetes y un beso en la boca, dándole el desayuno en la cama. La
cámara lo capta desayunando en la cama, en silencio, solo, y luego vistiéndose
y saliendo a la calle. Llega al trabajo: la fábrica de autos Renault. Trabaja
junto al resto, sin mayor interacción verbal, en medio del ruido de las
máquinas. Lo mismo, almuerza. Fuma. Trabaja. Sale al atardecer. Se despoja de
sus ropas, y en ropa interior y descalzo, se le ve en una extraña rutina de
ensayo de lucha contra un árbol, como un monólogo silencioso, en una disciplina
parecida al kickboxing. Es entonces que se le confronta con Landry. Landry es
un joven africano, negro, proveniente de Costa de Marfil, que está estudiando
en una universidad francesa, de cabello muy corto y maneras europeas, con el
léxico de una persona leída, y el traje de un pequeño burgués común.
De pronto, aparecen ambos conversando sentados en unas escaleras. Angelo
le comenta sobre lo dura que es su vida en la fábrica de Renault, y le asegura
que no debe dejarse impresionar por el aparente poder adquisitivo de los
obreros franceses como él, pues en el fondo son todos “unos pobres diablos” que
pueden comprar un piso en un edificio, o un auto, o se privan de cosas para
comprase un traje bonito, cuando al final van a volver a trabajar en una
fábrica sucia, ruidosa y grasienta, y que, por ende, no debe inflar en él un
complejo de inferioridad por venir de una reciente ex colonia africana.
Posteriormente, Landry también es confrontado, en el contexto de un
almuerzo al aire libre con un grupo regular de personas, con Marceline. En
medio de una discusión sobre política teniendo como tema principal la guerra de
Algeria, súbitamente los realizadores le preguntan a Landry –y a otro compañero
africano presente en el almuerzo- de qué cree que se trata el tatuaje en el
antebrazo de Marceline. Ambos, en especial Landry, rechazan la hipótesis de que
sea su número telefónico, o una simple “coquetería”. Cuando Marceline aclara
que se trata del código que le pusieron a la fuerza los nazis en el campo de
concentración, Landry se descompone. Literalmente, no sabe dónde meter la cara.
Queda en silencio, confrontado ante la realidad de que una mujer blanca,
parisina, de clase media, haya podido ser sometida a otro rostro de misma
marginalidad y genocidio del cual él escapó en un continente de subalternos,
pertenecientes, ambos, a una raza de subalternos.
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