miércoles, 9 de julio de 2014

Reseña de personajes: Angelo



En segundo lugar, Angelo, un adulto joven. En algún momento se nos hace ver que no es parisino, y que acudió a París, como muchos, a buscar trabajo y fortuna. Vemos cómo lo despierta su mujer en la mañana, con dos series de besos en ambos cachetes y un beso en la boca, dándole el desayuno en la cama. La cámara lo capta desayunando en la cama, en silencio, solo, y luego vistiéndose y saliendo a la calle. Llega al trabajo: la fábrica de autos Renault. Trabaja junto al resto, sin mayor interacción verbal, en medio del ruido de las máquinas. Lo mismo, almuerza. Fuma. Trabaja. Sale al atardecer. Se despoja de sus ropas, y en ropa interior y descalzo, se le ve en una extraña rutina de ensayo de lucha contra un árbol, como un monólogo silencioso, en una disciplina parecida al kickboxing. Es entonces que se le confronta con Landry. Landry es un joven africano, negro, proveniente de Costa de Marfil, que está estudiando en una universidad francesa, de cabello muy corto y maneras europeas, con el léxico de una persona leída, y el traje de un pequeño burgués común.
De pronto, aparecen ambos conversando sentados en unas escaleras. Angelo le comenta sobre lo dura que es su vida en la fábrica de Renault, y le asegura que no debe dejarse impresionar por el aparente poder adquisitivo de los obreros franceses como él, pues en el fondo son todos “unos pobres diablos” que pueden comprar un piso en un edificio, o un auto, o se privan de cosas para comprase un traje bonito, cuando al final van a volver a trabajar en una fábrica sucia, ruidosa y grasienta, y que, por ende, no debe inflar en él un complejo de inferioridad por venir de una reciente ex colonia africana.
Posteriormente, Landry también es confrontado, en el contexto de un almuerzo al aire libre con un grupo regular de personas, con Marceline. En medio de una discusión sobre política teniendo como tema principal la guerra de Algeria, súbitamente los realizadores le preguntan a Landry –y a otro compañero africano presente en el almuerzo- de qué cree que se trata el tatuaje en el antebrazo de Marceline. Ambos, en especial Landry, rechazan la hipótesis de que sea su número telefónico, o una simple “coquetería”. Cuando Marceline aclara que se trata del código que le pusieron a la fuerza los nazis en el campo de concentración, Landry se descompone. Literalmente, no sabe dónde meter la cara. Queda en silencio, confrontado ante la realidad de que una mujer blanca, parisina, de clase media, haya podido ser sometida a otro rostro de misma marginalidad y genocidio del cual él escapó en un continente de subalternos, pertenecientes, ambos, a una raza de subalternos.

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