Como resumen los realizadores al final, la reacción del público parisino
se decanta en dos vertientes: quienes creen que es una película impúdica porque
los protagonistas “no mostraron vergüenza de mostrarse tal cual”, o quienes
creen que es una película farsante, pues trata de mostrar personas actuando con
naturalidad cuando tenían una cámara al frente que no les dejaría hacerlo en
principio. O no son creíbles, o son demasiado sinceros. Los cultos parisinos (que
tienen a Descartes como lectura del metro –uno de los hombres entrevistados al
inicio por Marceline- o leen sobre Danton como lectura en la mesa de noche –el obrero
Angelo) no pueden soportar esa noción de desnudez emocional, pues gente como
Marilou “nos contó demasiado, se abrió demasiado”, y la censuran muy
educadamente como la señora que declaraba “no tener, disculpen ustedes, ninguna
intención de conocer a las personas que han aparecido en este film”. Por otro
lado, en la misma línea científica de búsqueda de la verdad cartesiana, no
conciben que se presente como fuente documental la “actuación” de la vida
cotidiana de la persona frente a una cámara. Rouch defiende vivamente el nivel
de realidad de la amistad que se crea entre Angelo y Landry en la escalera
“frente a nuestros propios ojos”, y el mismo Angelo declara que “cuando empecé
a hablar con él (con Landry) no veía las cámaras: sólo me interesaban sus
problemas”.
Esta película se filma años después de la
publicación del libro de Erving Goffman, “La presentación de la persona en la
vida cotidiana” (1959), y fue influida por la revelación de cómo usamos
personajes para presentarnos ante la sociedad en tanto ésta se constituye como
nuestra puesta en escena. Teniendo esto en cuenta, la vida filmada es tan
impúdica como puede ser la vida real (El estado de depresión y estrés de
Marilou existe en su vida tanto ante cámaras como lejos de ellas, y ella busca
la mirada de la cámara porque busca un interlocutor ante quien compartir ese
estado), y la filmación de un momento de desarrollo en las relaciones sociales
(como la formación de la amistad entre Angelo y Landry, o la narración del fin
del amor de Marceline y Jean Pierre),
dentro de su franqueza y honestidad, pueden lucir tan torpes y artificiales
como un extraño que asiste a una reunión donde le pide a dos desconocidos que
acaban de trabar amistad, que se presenten el uno al otro ante este extraño.
Y aun si todas estas emociones y relaciones fueran inducidas a los
“actores”, es afirmable que, aquello que puedan decir o hacer ellos mismos
conciente y racionalmente sobre esas emociones y esas relaciones, es tan solo
una muy pequeña porción de la información que su lenguaje corporal y las
palabras elegidas, por mencionar dos aspectos, nos dejan ver como parte de la
totalidad de la información producida y registrada por la cámara.
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